En un centro universitario donde se calificaba muy por encima de lo merecido, mi profesor de Crítica Cinematográfica tuvo a bien darme una matrícula. De estas cosas que suceden para que se las cuentes a tus descendientes imaginarios.
No escribía mejor que muchos, ni mi análisis era más incisivo que el de la mayoría. Mi mérito consistió fundamentalmente en mostrar interés en todas las películas que nos hizo ver, cosa que me salía así como algo natural, y en contarle que yo en verdad era ingeniero técnico, lo que convertía el estar allí escuchándole en una cuestión más cercana a una vocación tardía que a un capricho púber. Esto supongo me hizo sintonizar con él, ya que era biólogo de formación, y luego la vida te lleva por muchos caminos. Ayudó también hacerle caso cuando sugirió que una crítica era un juicio del alma más que otra cosa. No importaba por tanto que supiéramos mucho de planos, técnica narrativa o fotografía para saber si una película nos había o no gustado. Eso simplificaba mucho las cosas, imagino, así que me limité a mirarme por dentro y tratar de ver los motivos por los que algo me tocaba o me dejaba de tocar. No es difícil que algo me guste, por otra parte, soy un crítico fácilmente sobornable emocionalmente, quizá porque soy simple en esencia y valoro lo tremendamente difícil que es hacer nada que transmita una píldora de inquietud o adrenalina a otra persona. Muchos de los guiones que me ha tocado leer me han parecido vendibles, y casi todos han terminado en el cubo de la basura, así que aviso que mi criterio es poco menos que eso, basura.
No se trata de adelantar una primera impresión de los estrenos que vendrán, lo siento. Se trata de demostrarme a mí mismo si en verdad valgo o no para esto, o si el biólogo se equivocó a la hora de valorarme. Se trata de contarme de nuevo por qué me quise robar dos horas y entregárselas a esa actriz o a esa banda sonora para que no me dejaran indiferente durante el resto de mi vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario